Homilía para la Misa de Vigilia por la Paz, pronunciada por el Cardenal Robert McElroy.

HOMILÍA: Misa de Vigilia por la Paz
Cardenal Robert McElroy, Arzobispo de Washington
Catedral de San Mateo Apóstol, Washington, D.C.
Sábado, 11 de abril de 2026, a las 5:30 p. m.

En las apariciones del Señor Resucitado a los Apóstoles en la lectura de hoy del Evangelio de san Juan, las primeras palabras de Jesús son siempre: “La paz esté con ustedes”. Porque la paz es el fruto y el don supremos de la Resurrección: una convicción interior de que Cristo ha vencido a la muerte de una vez y para siempre.

La paz de la Resurrección comprende que hemos sido colocados en esta tierra con una misión y un propósito que nos llaman a ennoblecer el mundo y a prepararnos para el Reino de Dios. La paz de la Resurrección nos asegura que todos aquellos a quienes hemos amado profundamente en esta vida y que nos han precedido en la muerte no se han ido para siempre, sino que los volveremos a ver cara a cara y veremos, conoceremos y amaremos en ellos todas las cualidades que vimos, conocimos y amamos aquí en este mundo.

La paz de la Resurrección nos revela que ya somos ciudadanos del cielo.

Es en la paz de la Resurrección donde encontramos la única brújula verdaderamente esencial que necesitamos para nuestras vidas en esta tierra. Es un don puro.

Pero también es una responsabilidad. Porque, como discípulos del Señor Jesucristo, estamos profundamente llamados a ser constructores de paz en el mundo en el que vivimos.

Estamos llamados, en primer lugar, a ser constructores de paz en nuestros propios corazones y almas, negándonos a ceder a los impulsos de la ira, el juicio y el egoísmo que tan fácilmente pueden deformar nuestras vidas y apagar la luz de la Resurrección.

Estamos llamados a ser constructores de puentes y reconciliadores en nuestra vida familiar, superando las tensiones normales que se han visto agravadas por el aislamiento social y la asfixia tecnológica que han proliferado en la época en la que vivimos.

Estamos llamados a ser constructores de paz dentro de esta nación que amamos tan profundamente, negándonos a permitir que el cáncer de la polarización devore los más nobles sueños de nuestros fundadores, precisamente en este año en el que celebramos nuestro 250.º aniversario como país.

Finalmente, debemos ser constructores de paz entre las naciones, rechazando el camino de la guerra que nos seduce hacia el fin de las civilizaciones y la búsqueda de la dominación en lugar de la verdadera paz.

Es esta última responsabilidad la que pesa con mayor fuerza sobre nosotros esta noche. Porque nos encontramos en medio de una guerra inmoral. Entramos en esta guerra no por necesidad, sino por elección. No perseguimos con el debido empeño el camino de la negociación hasta el final antes de recurrir a la guerra. No teníamos una intención clara; más bien, fuimos saltando de la rendición incondicional al cambio de régimen, a la degradación de armas convencionales y a la eliminación de materiales nucleares. Y nos cegamos ante la cascada de destrucción global que probablemente se derivaría de nuestros ataques: la expansión de la guerra mucho más allá de Irán, la disrupción de la economía mundial y la pérdida de vidas humanas. Cada uno de estos fracasos de política es también un fracaso moral que, según los principios católicos de la guerra justa, hace que tanto el inicio de esta guerra como cualquier continuación de la misma sean moralmente ilegítimos.

El papa León ha dejado totalmente claro que el único camino que permite la enseñanza católica en este momento es el cese permanente de las hostilidades y la adopción de medidas firmes para construir las condiciones de una paz duradera. Como él mismo señala, es en la conversión de los corazones y las almas donde se puede encontrar el único camino verdadero hacia una paz justa y duradera, una conversión que deja de lado las armas y comienza, ante todo, con la reconciliación.

Esta noche nos reunimos en oración. Oramos para que el alto el fuego se mantenga y conduzca a una base sustancial para el surgimiento de la paz en Medio Oriente. Somos conscientes de la naturaleza bárbara del régimen iraní y de la enorme destrucción que los bombardeos estadounidenses e israelíes han causado en Irán. Y por eso rezamos con mayor intensidad. Debemos hacerlo. Suplicamos desesperadamente a nuestro Dios, el Príncipe de la Paz, que abra las mentes y los corazones de todos aquellos que ocupan posiciones de poder, para que miren más allá de sus propios intereses y vean en toda su plenitud el bienestar de todos los que están atrapados en este amargo e innecesario conflicto.

Y cuando salgamos de esta iglesia esta noche, debemos ir más allá de la oración. Como ciudadanos y creyentes en esta democracia que tanto apreciamos, debemos abogar por la paz ante nuestros representantes y líderes. No basta con decir que hemos rezado; también debemos actuar. Porque es muy posible que las negociaciones fracasen por la obstinación de una o ambas partes, y que nuestro presidente decida volver a entrar en esta guerra inmoral. En ese momento crítico, como discípulos de Jesucristo llamados a ser constructores de paz en el mundo, debemos responder con voz firme y unida: No. No en nuestro nombre. No en este momento. No con nuestro país.

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